Y si es tan hermoso, ¿por qué quieren irse? Tal vez porque estén hartos de mojarse con los charcos de la lluvia y de no poder tropezarse en alguna alcantarilla. Tal vez porque teman la oscuridad y no encuentren más que una vela las noches sin luna. Tal vez por el olor de la basura en las calles o la falta de aceras. Tal vez por el sonido del único televisor en la casa del vecino del final de la calle.
Tal vez porque las discotecas sólo abren si hay turistas; por esos “blanquitos” que bajan del autobús blanco con calcetines y zapatillas blancas, seguidos por medio pueblo que quiere venderles algo. Tal vez por los niños que claman por un “cadeaux”, los chavales que envidian una camisa de verdad, no una vieja camiseta de fútbol. Tal vez por los maridos que no pueden regalar a sus mujeres más que hijos y, con suerte, arroz. Por los adolescentes que anhelan unos vaqueros o un piercing, o el pelo lacio.
Por las mujeres que desconocen qué se siente teniendo una lavadora, o un bolso de mano. Por las abuelas que añoran a sus hijos, mientras cuidan de sus nietos, esos que juegan al fútbol descalzos; que acarrean leña para la cocina, que esperan el amanecer en silencio, velando el sueño de los bebés. O por los barcos que vuelven con la escasa pesca; por las tormentas que agitan las barcas hasta volcar; por los vientos que arrancan las chapas del tejado. O por los niños que mueren de paludismo, o los que son atropellados por cualquier vehículo.
Tal vez quieran irse porque no soportan el Ramadán, ni llamada a la oración, ni los niños que mendigan con una lata un poco de arroz, unas monedas, cacahuetes… Tal vez se vayan porque dicen no tener nada que perder, aunque amen la vida y se atrevan a derrocharla. Tal vez sólo se vayan porque no soportan más los carteles que sólo prohíben fumar y desearían añadir: ¿y por qué no prohibido morir de hambre o en patera?. Y si es tal horror, ¿por qué se quieren quedar? Quizá porque aman la vida y conocen el mar, porque vivieron junto a él y lo respetan. Y prefieren mantenerse en tierra por si, de pronto, el cielo ennegrece y vierte todas sus lágrimas.
Quizá porque aman el verde de los manglares después de la lluvia, o los reflejos del sol en los arrozales. Quizá porque alguna vez se fueron y descubrieron que sólo allí los ojos de los niños bastan para ayudarte a todo: a descubrir la belleza, la alegría o el más profundo dolor. Porque además, allí las mujeres son diosas, engalanadas para moler el mijo, cocer el arroz o dar de mamar. Y los hombres son bastiones de fuerza, de coraje y músculos, brillantes a la luz de la luna, hermanos del ritmo del bombolong. Quizá se queden para demostrar, cuando los demás vayan a verlos, que éste sigue siendo el país de la teranga, el de la hospitalidad y la sonrisa. El país donde, por fin, acabó la guerra y a la Casamance se llega por carreteras recién asfaltadas.
El país donde se come pescado fresco y arroz con mil salsas; donde quizá algún día haya hospitales y, mientras no sea así, hay que luchar por ello. Quizá se queden par ver a las libélulas volar al atardecer, escuchar los grillos o las ranas; para dejarse mecer por el sonido de las olas, brillantes a la luz de la luna. Quizá es que quieran seguir viendo cómo vuelven cada año las aves, cómo el cielo se llena de cormoranes, garzas y garcetas; como anidan los pájaros en las palmeras o como se eterniza el baobab.
Quizá se queden porque esperan que todo cambie, que sus paisanos despierten y exijan algo más, como compartir la riqueza que ven florecer a su alrededor. Quizá lo hagan para preservar la memoria de la traición: la de la raza humana, esa que vendió y esclavizó a millones de hombres, esa que los arrancó de sus hogares y sus familias, que los encerró y que, si no murieron en la espera, los desterró al otro lado del mar, solos, para siempre. Quizá se quedan porque no esperan más que preservar su vida, su apacible vida, esa que cada día termina con la puesta de sol, esa que cada día vuelve a comenzar al amanecer, con el canto de los gallos o el llanto de un bebé reclamando la atención.
Quizá, en fin, de Senegal unos se van y otros se quedan, tan sólo, por amor. |
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