
Malí, paraíso de las libélulas.
Mopti, Djenné, Segou, País Dogón, Tombuctú | 2 comentarios.
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África ya no se viste de colores. África va descalza o calza chanclas de plástico y se viste de ropa vieja y descolorida, las sobras de esta Europa miserable que, con sus cantos de sirena, vacía el continente negro de hombres desarrapados.
Quedan las mujeres, aún con sus mejores galas, limpias, dignas y fuertes, que marchan al mercado por caminos polvorientos; marchan en grupos, hablando y riendo, poniendo buena cara a esa vida dura que las convierte en trabajadoras infatigables desde que amanece, moliendo el mijo, amasando el pan, lavando la ropa, preparando la comida, cuidando los bebés, pariendo, sufriendo. Y vendiendo en los mercados: especias para engañar el hambre, plásticos para sus cocinas y sus pies, insípidos melones chinos, vasijas de barro, tomates de pera, limones enanos, berenjena africana, yuca gigante.
Y mientras las madres trabajan, los bebés duermen a su espalda o en el suelo, sobre esteras de paja, sacos de plástico o en brazos de alguna hermana mayor que está habituando su cuerpo a soportar el peso de otra vida.
Y los niños cuidan a los animales, las mujeres sacan brillo a sus ollas de hojalata, y los ancianos dejan pasar el tiempo a la sombra de algún árbol. Y los hombres en los mercados, vendiendo los pollos vivos o los cuartos de carne envuelta en moscas, o cosen los vestidos con las “singer” en la puerta de sus tiendas. Y los tuaregs venden su sal en el mercado, junto al puerto, cerca del pescado seco, el “capitán” que se envía al resto de África, el regalo del Níger, donde las pinazas construidas en su orilla transportan pescado, leche, mijo, arroz. De aldea en aldea, desde el amanecer a la puesta de sol. El Níger, o el Bani, y sus visitantes: los niños que se lavan el cuerpo, la ropa, las motos, las cabras. Las mujeres que se lavan el cuerpo, la ropa, los hijos, las ollas. Y los hombres que reman en pinazas, que pescan, que preparan el té. El té verde y sus tres tomas: la primera amarga como la muerte, la segunda dulce como la vida y la tercera suave como el amor.
Los hombres, los jóvenes, los niños, que llevan camisetas de fútbol, camisetas de sus héroes, esos que salieron de la nada y que ahora nadan en la abundancia; los que se fueron a Europa como desarrapados y vuelven a África como jefes de tribu, con más riqueza de la que jamás pudieran imaginar.
Y mientras, pasean por calles polvorientas, con charcos, basuras, excrementos; entre árboles grandiosos, de un verde refulgente, de troncos poderosos y frutos desmesurados. O conducen carretones atestados, tirados por uno o dos burros de dimensiones minúsculas, pero resistentes como sus dueños. Y transportan hierba, gente, leña... esa que sirve como combustible y que se apila a los lados de la carretera, en todos los mercados para su venta. Esa leña que es el pan de hoy y el hambre de mañana.
Es en Malí, donde los limpiabotas van descalzos, donde los niños sonríen constantemente mientras piden cadeaux, donde la puerta del desierto se vislumbra tan cercana que aterra, donde ves avanzar el plástico más rápido que la arena, donde los baobabs te bendicen con su sombra, y los ríos con sus crecidas, allí donde las libélulas tienen su paraíso y los móviles alcanzan la tierra prometida... En Malí, donde los mayores carteles previenen contra el SIDA o reprueban la ablación, donde los caminos se llenan de gente que marcha al mercado, andando, en burro, en carro, en moto o en autobús atestado. En Malí, donde las noches son tan silenciosas que asustan, a pesar de ser la cuna de grandes músicos, de mágicos instrumentos. Allí donde el Ramadán hace que, a la puesta de sol, el país se pare para rezar, lavarse y comenzar a comer. En Malí, donde las sonrisas alimentan al visitante, pero las cosechas no son suficientes para quienes lo habitan. En Malí, donde comienza el misterio, el misterio de África y su supervivencia, el de su hambre atroz, sus enfermedades mortales y su inmensa riqueza. En Malí, donde se resume la belleza y la tragedia de un continente que quizá fue la cuna y, tal vez, sea la tumba del hombre. |
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