
UN PASEO POR EL MUNDO
LUGARES MARAVILLOSOS | 0 comentarios.
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El contrato en la empresa donde trabajaba finalizaba el 31 de abril de 2006 y no había muchas expectativas de una renovación, lo cual, al contrario de lo que opinaban la mayoría de mis compañeros, para mí era una oportunidad, casi una necesidad, de escapar de Madrid. Durante unos meses había estado rumiando un viaje que poco a poco había ido tomando cuerpo y casi personalidad propia.
Por motivos que no vienen al caso, mi tiempo era limitado a tan solo un mes ,así que debía aprovecharlo de la mejor forma posible. Uno de mis problemas, o según se mire, virtud, es un gran incorformismo, me gusta verlo todo, nunca es suficiente, y esta característica sería definitoria a la hora de realizar el viaje. Se trataría de una pequeña toma de contacto con algunos lugares para posteriormente trazar las líneas maestras de un viaje en mayor profundidad.
Tomé un avión desde Madrid rumbo a Delhi, la populosa capital de India, haciendo escala en mi querido Londres. Siempre hablaré de la ciudad británica con cariño, pues los meses que viví allí hace ahora algún tiempo no los olvidaré jamás pero, en fin, eso es ya otra historia. En cualquier caso, llegué a India el uno de mayo de este año. El calor era tremendo, al borde de los 40 grados, pero el polvo y la sequedad agudizaban la sensación térmica.
Estuve alojado en el hotel Clark International,situado en el barrio de Karol Bagh; un lugar aceptable pero un poco caro desde mi punto de vista, aunque el acogedor restaurante que tenía en la terraza equilibraba un poco la balanza. Allí contraté un automóvil con conductor, sin duda, hay que estar muy loco si se pretende conducir un vehículo por las calles y callejuelas indias, me quito el sombrero por el valiente que haya realizado tal proeza. Mi chófer, que luego sería un buen amigo y casi ángel guardian, se llamaba Kulaeep. Pertenecía a ese dos por ciento de la población india cuya confesión religiosa es la Sij, fundada en 1499 por el Gurú Nanak.
Me llevó a conocer el interior de uno de sus templos más importantes en Delhi, y quedé sobrecogido, aquellos instrumentos sonando al unísono, el brillo de la techumbre de oro macizo, el pequeño lago...Con él recorrí unos setecientos kilómetros en total.
Tras dejar atrás la capital nos dirigimos a Agra, ciudad conocida por el maravilloso Taj Mahal, pero que alberga otras maravillas como el Fuerte Rojo o el Mausoleo de Itimad-ud-Daulah, sin olvidar la cuidad abandonada de Fakhtepur Sikri, a unos 36 kilómetros,que merece la pena ser visitada a primera hora del día para evitar las muchedumbres de turistas cámara en ristre.
Por supuesto, para los trayectos cortos lo mejor es utilizar el genuino rickshaw, un medio original como pocos. Podría escribir cientos de líneas sobre este fascinante país pero el espacio también es limitado al igual que el aguante de cualquier lector así que prosigo con la aventura.
El día 8 de mayo me encontraba dejando las maletas en un hotel de Bangkok, Tailandia. Mi plan consistía en visitar la ciudad y posteriormente llevar mis blanquecinas carnes a las playas de una isla llamada Ko Samet. Desafortunadamente, el monzón fue más rápido que yo y mis ansias de mar se vieron truncadas. No obstante, eso me permitió ahondar aún más en una ciudad tan mágica de día como de noche.
El mercado flotante de Damnoen Saduak, que tristemente empieza a convertirse en un circo para turistas,el mercado de Chatuchak los fines de semana,un lugar donde se puede encontrar casi cualquier cosa, el Wat Phra Kaew, el Templo del Buda Esmeralda, que en realidad está realizado en jade, los abarrotados mercadillos o la sabrosa comida tailandesa no defraudan a nadie.
Me sorprendió la amabilidad de la gente, siempre con una sonrisa, dispuestos a ayudar en la medida de lo posible, aparte, por supuesto, de los reparadores masajes tailandeses. Si hay un país al que tengo que volver con mucho más tiempo este es sin duda Tailandia.
Llegados a mediados de mes aterrizaba en tierra del Tío Ho, como cariñosamente conocen en Vietnam a Ho Chi Minh. Recorrí a pie todas las calles y callejuelas de Hanoi hasta que estuve extenuado, descansando en las pequeñas butacas del Thang Long Water Puppet Theatre para ver un precioso espectáculo de marionetas de agua, algo más que recomendable. Este se encuentra cerca del templo Ngoc Son, situado en el lago Hoan Kiem.
Podría decirse que las calles que circundan dicho lago son las más interesantes para recorrer y mezclarse con la gente aunque es también donde mayor número de turistas hay. Mi hotel estaba alejado del centro y eso me permitió perderme por barriadas donde el extranjero era un bicho raro, aproveché para comer Pho, una típica sopa de fideos largos,y beber una Bia Noi o cerveza del lugar. Me desplacé en un pequeño autobús hasta las cercanías de Haiphong para atravesar en barco hasta Cat Ba los dos mil islotes de la inolvidable Bahía de Ha-Long, lugar declarado Patrimonio natural de la Humanidad por la Unesco y que los más cinéfilos recordarán por tratarse del escenario donde tuvo lugar el rodaje de la película Indochina.
Poco después iba a encontrarme con otro escenario de película, en este caso la Ciudad Prohibida de Beijing, en China. A pesar de que gran parte del recinto está siendo reformado, fundamentalmente de cara a los próximos juegos olímpicos que se celebrarán en la capital china, la visita es fascinante. No muy lejos se encuentra el mausoleo de Mao Tse Tung y frente a él la plaza más grande del mundo, me refiero a Tiannamen, construida por Mao en respuesta a la Cuidad Prohibida.
La bajada de bandera al atardecer es un acontecimiento multitudinario fantástico. Aunque si algo es destacable es la Gran Muralla China, contemplar como serpentea entre las montañas, recordar su historia, los cientos de personas que perecieron en ella, como el gran Gengis Khan la conquistó, consigue ponerte los pelos de punta. Eso sí, para nada recomiendo la zona de Badaling, es un circo infamame donde han llegado a instalar una especie de montaña rusa para remontar una parte de la muralla.
Cuatro días más tarde y dejando tras de mí el famoso pato laqueado o pekinés llegué a Tokyo para perderme entre uno de los pueblos más amables que jamás he conocido, el bullicio de la capital, la tranquilidad por contrapartida de los pueblos, los jardines, sus templos...Japón merece por sí solo un viaje con tiempo suficiente.
En este punto del camino emprendí la vuelta a casa por Oceanía. Estaba agotado y mis fuerzas estaban al límite, por momentos me planteé dar marcha atrás pero al final me dejé llevar. Cuando quise darme cuenta paseaba junto a la Sidney Opera House, en Australia, por el interesante barrio de The Rocks, a espaldas de la populosa Bahía de Sidney, comer un típico perrito en el Cafe de Wheels, visitar la Biblioteca o la Art Gallery of New South Wales. Había sido muy optimista con el tiempo, llegué a pensar que podría bañarme pero nada más alejado de la realidad.
El frío en mayo era importante y por si fuera poco comenzaba a llover. En busca de la añorada playa arribé a Honolulú, en Hawaii. Cuatro horas me tuvo retenido la policía norteamericana interrogándome sobre los sellos de mis pasaportes que ellos consideraban sospechosos, fundamentalmente el de Siria, Jordania, Egipto y Marruecos. El recibimiento por lo tanto no fue de los mejores. Me topé con un surfero brasileño en el hostel donde me alojaba y decidimos compartir vivencias al calor de la playa de Waikiki. Debo reconocer que no me entusiasmó ni la playa ni el ambiente de la ciudad, todo un poco forzado, superficial. Como colofón al periplo iniciado varias semanas antes paré en Los Angeles, Toronto y Londres, donde me quedé tres o cuatro días recorriendo las calles en las que años atrás había discurrido mi vida. Fue un pequeño paseo por algunos lugares que me ha ayudado a prepara el viaje que tendrá lugar en diciembre, muyo más centrado pero dificilmente más intenso. Hay lugares que nunca olvidaré. |
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