SANTA SOFIA:
Hace veinticinco años que la conocí. Pero es en esta segunda visita cuando alcancé a vislumbrar toda su majestuosidad.
Su importancia volumen te sobrecoge. Parte de su interior está invadida por un andamio tubular desde donde restauran las cicatrices que le han producido los siglos.
Mi ignorancia acentúa los interrogantes sobre su construcción; 10.000 obreros tardaron cinco años en hacer esta maravilla, para convertirla así en la cuarta basílica del mundo. Actualmente es un museo, el gran estadista turco Atatürk, así lo decidió.
Los mosaicos con motivos cristianos muestran ahora su esplendor tras ser ocultados durante siglos por una capa de yeso que les dieron manos musulmanas. Aquí se ha producido un sincretismo de credos, una fusión de culturas. Sus muros verticales abovedados permanecen mudos, ¡si pudieran transmitirnos todo lo qué han conocido!...
En su jardín se encuentran enterrados los sultanes.
Cuanto me gustaría tenerla cerca de mí en los momentos de desánimo, perderme en su espacio, haraganear en su interior, hipnotizarte con sus vidrieras, sorprenderte con sus ecos.
El Hamam:
Parecía que nos habíamos introducido en el mundo de las sombras, de la oscuridad. Un mundo de calles solitarias, de edificios centenarios donde el silencio se adueñaba de todo, las puertas y las ventanas cerradas filtraban algunas miradas indiscretas.
Nuestra búsqueda tuvo sus frutos, habíamos encontrado el Hamam; único en Estambul, pues sólo estos baños admiten a hombres y mujeres juntos. En su interior todo cambió; luz, color, sonrisas, hospitalidad, nuestro ánimo se elevó. Después de ponernos al corriente sobre su funcionamiento, sin abandonar nunca nuestra expectación, pasamos a otro ambiente donde las cortinillas, las babuchas y los vestidores lo llenaban todo, nuestros cuerpos agradecían el confort que nos producía caminar por gruesas alfombras entre luces y sombras producidas por las velas. Nos desnudamos, y cubiertos con una minúscula toalla nos dirigimos a los baños, allí encontramos una agradable sorpresa: una sala octogonal de mármol blanco desgastado por el uso albergaba a un grupo de hombres y mujeres, unos sentados en el centro sobre el mármol caliente en una especie de mesa, otros, remojándose en las pilas de agua fría y caliente, alternándolas; en las esquinas varios turcos de manos expertas arrancaban de la piel las células muertas, la tensión y el cansancio de la vida, utilizando jabones y agua, mucha agua, primero caliente, luego fría, esto arrancaba a los bañistas algunos gritos histéricos que enseguida ahogaban los masajistas con sus tranquilizantes comentarios.
El agua corría por todas las partes, ésta, aliada con el calor abría los poros de la piel y ayudaba a expulsar todo lo que a ésta le sobraba.
En la atmósfera reinaba sensualidad, calma, relax. No recuerdo cuanto tiempo permanecimos allí, pero no menos de tres horas. Después de beber un exótico refresco para recuperar los líquidos perdidos, abandonamos el lugar sumidos en una total placidez.
El final de este relato no tiene que ver nada con lo que he contado más arriba, pero como buscador empedernido de emociones y sensaciones fuertes me veo obligado a añadirlo.
El traslado del hamam hasta nuestros orígenes parecía sacado de una película de terror. En la furgoneta no cabía nadie más, cuando entró el chofer en la misma me pareció conocer al mismísimo jorobado de Notre Dame de París; conducía de forma endiablada, marcha atrás, marcha adelante; su velocidad extrema casi hacía volar el vehículo al tomar las curvas. Estambul dormía, no existía apenas tráfico, las farolas y los escaparates con sus mortecinas luces pasaban ante nuestros ojos como fugaces relámpagos.
Esa noche, como ninguna, cerré los ojos apenas me introduje entre las sábanas y seguro que soñé muy bonito, pero como siempre, nunca recuerdo nada al despe rtarme. |
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