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Marrakech: la flor de Marruecos
Es la gran metrópoli beréber, donde acuden las gentes del alto y medio Atlas. De su nombre deriva el de Marruecos. Su rico pasado histórico ha quedado reflejado en múltiples monumentos. Desde la mezquita de la Kutubia y los palacios de la Bahía y de El Badi, pasando por la plaza Jemaa el Fná, el centro de la vida y de la tradición o la amurallada Medina y los zocos, la capital de Marruecos ofrece variadas posibilidades de disfrute al viajero curioso.
Marrakech: la flor de Marruecos

Las muchas vidas de la capital

Hay vida diurna, de la mañana, del atardecer y vida nocturna. Vida del año "normal" y vida durante el Ramadán. Vida de la persona joven y de los mayores, vida de los hombres y vida de las mujeres. Hay muchos códigos de vida, y es imposible conocer todos. Simplemente, como todo buen marroquí, disfrutemos con lo que encontremos en nuestro camino. La ciudad, la vida en sus calles es un espectáculo humano. Esa riqueza se puede disfrutar a cualquier hora y en cualquier lugar.

Marrakech: la flor de Marruecos
 

Marruecos es un país donde las costumbres tradicionales pesan aún una enormidad, donde en teoría no vas a poder entrar a una mezquita de Marrakech, y sin embargo podrás detenerte respetuosamente ante una de ellas, oyendo los cánticos que vienen del interior, y no te sorprendas si te invitan a entrar (si lleva una vestimenta "no excéntrica"...).

Verás mujeres ocultas por el velo e incluso por el burka, y verás jóvenes muy bellas atendiendo comercios modernos o dirigiendo mas de un riad con expertas manos de ejecutiva. También puedes elegir entre sentarse a degustar desde un simple zumo de naranja a variopintas viandas locales, en alguno de las docenas de puestos que inundan la Plaza de Jemáa desde el anochecer, o probar una buena y sin embargo barata "tajine" en un extremo de esta plaza, en la terraza a la calle frente a la pequeña mezquita que da a Bab Fteuh, y cruzar conversación con alguien que acaba de llegar de cruzar el Atlas, o podrás sentarte (y pagar precio europeo) en alguno de los magníficos restaurantes.

Un recorrido por la ciudad imperial

La ciudad histórica, la medina, con sus callejuelas y zocos, es muy diferente de la ciudad "nueva", el Guéliz y la zona periurbana del siglo XX. El punto de referencia de la ciudad vieja, es Jemáa el Fna, mientras que para el Guéliz será la Avenida de Mohamed V. Y fuera, los barrios o expansiones mas recientes, más allá de las murallas.
Marrakech como ciudad árabe es significativa en sus monumentos palaciegos o religiosos, y visitarlos es casi imposible, mas allá de aquellos edificios transformados a otro uso: las mezquitas son inaccesibles a los no creyentes, y los palacios reales siguen vinculados a la monarquía.

Marrakech: la flor de Marruecos
 

De los edificios religiosos, la Koutoubia, minarete y mezquita son el elemento más conocido de Marrakech. La mezquita es también una referencia del arte decorativo hispano-musulmán, de una gran riqueza interior, con trabajos irrepetibles en las escayolas, maderas y mármoles. Es la segunda mezquita, construida, (la anterior reaparece en excavaciones al otro lado del minarete) y su belleza debió ser obligada ante la decisión de tirar la anterior por su mala orientación en relación con la Meca; es tu elección si intenta en actitud religiosa y vestido adecuadamente dar un vistazo al interior.

El minarete es un faro para orientarse en la ciudad, y el símbolo de la ciudad, construido antes que la actual mezquita y acabado a finales del XII, en tiempos de Al-Mansur; tiene una disposición de seis salas en altura, enlazadas por rampa válida para caballerías y con el remate de las linternas y de cuatro bolas "de oro puro y sostenidas por los planetas" según una leyenda original y que mataría a quien se atreva a profanar tales bolas, realmente hechas en cobre.

De finales del s.XII procede la puerta o Bab de Agneou, que da acceso a la vieja alcazaba almohade presidida por la mezquita de El Mansour; la mezquita es inaccesible y el Palacio de El Badi, hoy es una ruina romántica en la que todos los años se celebra el afamado Festival de Folkrore de Marrakech.. El entorno de la mezquita, y la Rue de la Kasbah es hoy uno de los lugares más angustiosos para el turista asediado por los vende-cualquier-cosa, o amigo-amigo-barato-barato, pero no hay otra alternativa de paso hacia la callejuela a la derecha de la mezquita, por la que se accede a las Tumbas Saadíes, la siguiente dinastía reinante, tras almohades y benimerines.

Marrakech: la flor de Marruecos
 

No sea usted superficial, en este rincón urbano, en este recoleto jardín de inmensos árboles, se encuentra uno de los mausoleos mas respetados del país, y también la mejor arquitectura hispano-árabe que va a poder ver en Marrakech, fruto ya de siglos de convivencia e intercambio cultural para cuando esta sucesión de construcciones se llevó a cabo, con la colaboración de varias generaciones de musulmanes expulsados por la Reconquista española y que aquí supieron dejar la huella del trabajo sobre el mármol, las escayolas y las maderas nobles. Desde la entrada, a la izquierda, la Primera Sala es un oratorio de tres naves, con el mihrab al fondo, incrustado en el muro de la qibla, con artesonado de estalactitas y base de madera de cedro trabajada; la Sala Central se dibuja sobre 12 columnas en una composición perfecta que articula los diferentes espacios, desde el suelo donde se alojan las tumbas de Al-Mansur y su familia, hasta las galerías y los artesonados de cedro del techo, con los encintados de transición de cerámica y estucos decorados con versos coránicos y geometrías; desde esta Sala, se accede a la Sala de los Tres Nichos, por puertas laterales, recargada en decoración y que aloja tumbas infantiles.

El otro edificio en origen religioso es la Madrassa de Ben Youssef, edificio de origen benimerin, mediado el s.XIV, aunque lo que hoy puede verse procede de una reconstrucción saadí de mediado el s.XVI, en que el Mulay Abdallah hizo de esta "escuela coránica" la más importante del occidente musulmán. Ha sido recientemente restaurada como Museo. La transición desde la gran portada del acceso es un estudiado ejercicio de "introducción hacia un mundo interior", aun más reflexivo a su vez hacia las escaleras, los pequeños y recoletos patiejos interiores y las habitaciones; o bien hacia un mundo de relación interior y reflexión, en el gran patio a la derecha, el sonido del agua en la fuente y las profusas y ricas decoraciones hispano-árabes de los cedros y los estucos labrados.
Y junto a la Madrassa, a su lado, está el Museo de Marrakech, instalado en el Palacio de un Ministro del sultán a finales del s.XIX: Caligrafía árabe, grabados, monedas y cerámica componen sus colecciones, junto a un despliegue decorativo notable del palacio, quizás exagerado.

Marrakech: la flor de Marruecos
 

Entre los edificios palaciegos visitables, sobresale el Palacio Bahía, un derroche de imaginación decorativa y de medios, que sorprende aún mas sabiendo que su origen es muy reciente. Para localizarlo, debemos regresar hacia la zona de El Badi, del que le separa el antiguo Barrio judío o Mellah, original del s.XV y hoy musulmán en gran parte, tras el éxodo de finales de los años 50 y los 60 del pasado siglo, hacia el nuevo Israel. La cercana Plaza de los Ferblantiers, nueva, acoge también un mercado de productos en hierro; al fondo de la misma, Bab Berrima, precisamente la puerta al barrio judío, coronada de cigüeñas actualmente. Frente al Palacio, en la esquina, el zoco de los joyeros, regentado y fundado por judíos, está hoy en decadencia.

Todo el Palacio de Bahía (la Brillante) es de una sola planta, construido en apenas 10 años, al final del s.XIX por Si Musa, Visir sucesivamente de dos sultanes, proyectado y dirigido por el arquitecto Muhammad Ben Makki el Misfui, un ecléctico con gran dominio de la arquitectura clásica y el gusto árabe-andaluz; la riqueza del palacio manifiesta la capacidad acaparadora de riquezas de los gobernantes de fecha aún tan reciente, así como un poder ilimitado: el palacio de construyó sobre propiedades particulares que fueron progresivamente expulsadas, y de ahí su forma extensiva e irregular sobre casi 80.000m2. El conjunto es una sucesión de patios que permiten tránsitos entre ambientes y usos diferenciados, de conseguido contraste y maestría, en una progresión de magnificencia cuya cumbre se alcanza en la Sala del Consejo, y el inmenso patio clasicista de 50 x 30 m de finas columnas, rematado al fondo por la Sala de Honor, ricamente decorada, y a la izquierda el intimista patio romántico y habitaciones más privadas.

Marrakech: la flor de Marruecos
 

Ya fuera de la medina, es visita obligada la Mayorelle, una pequeña joya naïf construida a partir de 1920 por un pintor francés aquí radicado Jacques Mayorelle, y que ambientado en el exotismo de la ciudad, fue capaz de crear uno de los rincones más pintorescos del Marrakech actual, salvado tras años de abandono por otro francés ilustre, Yves Saint-Laurent, que ha encontrado sin duda aquí un lugar ideal para sus fantasías personales. La casa original del artista acoge un pequeño museo, y la que es propiamente usada por el modisto, corresponde a la torre y pabellón al norte de la finca, con la mitad del exótico jardín reservado. La Mayorelle es hoy un lugar de procesión en Marrakech, desde estudiantes y artistas pintores a devotos de Saint-Laurent y turistas en general, por lo que puede ser agobiante la visita. No obstante, y con calor, es uno de los lugares más frescos y soportables de la ciudad.
En el entorno de la ciudad no hay que dejar de visitar la Menara. Otro fresco lugar, compuesto de un inmenso olivar, un lago artificial, de origen almohade, allá por el siglo XII, y un pequeño pabellón sobre el agua en homenaje a una princesa como no podía ser menos; en el lago se celebran espectáculos diversos en toda época, y el paseo en su entorno es agradable, la ciudad y el Atlas al fondo. Tiene como curiosidad, comprobar la capacidad de ingeniería vinculada con el agua de los árabes: Marrakech es verde gracias a las jettaras, pozos de irrigación entrelazados por kilométricos canales subterráneos que traen el agua desde kilómetros, aprovechando el desnivel natural de las montañas al valle, y de los que aún hoy se ocupan en mantener auténticos batallones humanos de poceros.

La noche

Marrakech: la flor de Marruecos
 

A medida que anochece, la plaza se va convirtiendo en un torbellino de gente que pulula entre los puestos de sopas, salchichas y caracoles. La multitud se aglomera alrededor del parloteo de los herbolarios y curanderos, se inunda del gemido de las flautas y el redoblar de los tambores, y contempla a los encantadores de serpientes, a los acróbatas y a los charlatanes.

Una parte esencial del viaje a Marrakech es la visita al Zoco, un laberinto de callejuelas cubiertas que parte de Djemaa el Fna hacia el norte. Aquí se vende todo tipo de artesanía. Se encuentran comercios especializados en objetos de metal, cestería, marquetería, cuero y especias. Los precios no son fijos, por lo que el regateo es todo un ritual.

Cuándo viajar y dónde ir


Si puedes, viaja fuera de temporada alta, en primavera, en otoño, incluso en invierno el clima puede ser suave. Y la ciudad puede vivirse y conocerse muy bien en una semana, incluso haciendo alguna excursión cercana, hacia las cascadas del Ouzoud, dirección este, o hacia el sur al valle del Ourika: en ambos casos conocerás ambientes rurales, con naturalezas sorprendentes en Marruecos y te acercarás hacia el mítico Atlas.

El valle del Ourika es una bonita excursión de un día, recorriendo el curso de este río hasta su origen en las cascadas del mismo nombre, a las que se llega desde Setti-Fatma, donde te espera un pequeño centro turístico y el habitual despliegue de amables guías locales, que te pueden ofrecer varios circuitos a pie por las montañas circundantes, pudiendo elegir desde una hora a las cascadas más cercanas, hasta 4 ó 5 horas en el circuito completo; asegúrate, si llegas en día de mucho público, del guía que contratas y que su precio sea en torno a los 100 dirhams. Si es más aventurado, contrata un guía para una excursión de tres o cuatro días, si llevas medios apropiados, para llegar hasta perdidos pueblos como Timichi o los grabados rupestres del Yagourt.


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