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Escribe: Budha, desde: Brasil

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Nepal: senderos y mística infinita (Parte I)
Nepal ofrece una tierra de gran biodiversidad geográfica y una incomparable gama de altas montañas y ricas culturas. Nepal se sitúa en el Himalaya central con 240 magníficos picos sobre los 6.000 metros, incluyendo ocho de los 14 picos más altos del mundo, con más de 8.000 metros cada uno, ríos caudalosos, colinas excavadas por terrazas; exuberantes y empañados trópicos y altas planicies que recuerdan el Tíbet. La capital de Nepal, el valle de Katmandú, una fértil hondonada a los pies de los Himalayas, es un oasis de increíble arte y hogar de una antigua y sofisticada cultura. Está llena de diferentes mosaicos étnicos con gentes de diversas procedencias.
Nepal: senderos y mística infinita (Parte I)

Revestido por las mayores alturas del Himalaya, el reino de Nepal es una tierra de sublimes paisajes, sagrados templos, y con uno de los mejores trechos para pasear. Es un país pobre, pero rico en esplendorosos escenarios y tesoros culturales.

Nepal se asienta sobre los hombros del Himalaya meridional, lindando con China por el norte y con India por el sur; tiene las montañas más altas del mundo (superan los 8000 metros) abrazando las nubes, incluyendo los majestuosos Everest (8848 metros) y Annapurna. Además de sus cuatro cadenas montañosas (Colinas Chure, Mahabharat, Himalaya y los Tibetanos Marginales), Nepal también cuenta con vastas planicies al sur del país (no más de 700 metros.); valles fértiles en el centro, y desiertos de gran altitud en el norte.

Nepal: senderos y mística infinita (Parte I)

El densamente cultivado cinturón entre Mahabharat y el Himalaya soporta casi todo el peso de la población del país. Existen más de 6.500 especies de árboles, arbustos y flores que florecen gloriosamente en marzo y abril, cuando el rododendro, la flor nacional, estalla en color.


La fauna es no menos variada y exótica, con mamíferos tales como el tigre real bengalí, el leopardo de nieve, el rinoceronte, el oso, el ciervo, el mono y el chacal. Desgraciadamente, debido a la degeneración progresiva del hábitat, las oportunidades de ver esta naturaleza salvaje están limitadas a los parques nacionales, a las reservas y al oeste de Nepal, donde la población humana está más esparcida.

No fue ni por azar, ni por capricho. Fue por una flor de loto de proporciones perfectas. De esto hace ya mucho tiempo. Bajo los mismos picos eternamente nevados que custodia aún hoy Nepal se formó un lago. Sus aguas eran de color turquesa. En su centro, incandescente, flotaba una flor de loto. Con vehemencia acudían a alabarla todos los hombres sabios. Para poder llegar hasta ella, Manjushri, el Santo de la Sabiduría, cortó con su espada el lago y sus aguas se abrieron. Los hombres que se asentaron en esas fértiles tierras las llamaron Valle de Kathmandú. Desde entonces es un lugar sagrado.
Pasaron los años. Los viajeros que recorrían la ruta Kathmandú-Tíbet sostenían que aquél era un lugar siddhi (de poderes sobrenaturales), donde moraban los dioses guardianes y los deseos dejaban de serlo para hacerse realidad. Entonces, como todavía ahora, el lugar más auspicioso era Boudanath. Donde, a escasos ocho kilómetros de Kathmandú, se erige una gran stupa, el más importante monumento budista del mundo, fuera del Tíbet.

Lentamente, ancianos tibetanos en pequeños grupos musitando sus oraciones rodean la serena y majestuosa representación de Buda bajo su eterna mirada. Los ojos azules de Buda están pintados en las cuatro caras de esta estatua sagrada —erigida por una hija de Indra que, castigada por robar flores del cielo, fue enviada a la tierra a la familia de un pobre granjero—, de la que surgen trece escalones de oro que conducen al nirvana. Mientras, produciendo una extraña sensación de festividad, los colores tibetanos ondean allí, lejos de casa, en la tierra que los acogió tras la tragedia de su exilio.

Como viajando en el tiempo y sobre una alfombra mágica, Nepal sumerge a los viajeros en el sueño pasado de una ciudad de antiguas calles, flanqueadas por irregulares pagodas de varios techos, esculturas pétreas y cámaras cercadas por máscaras de temibles ojos, al tiempo que giran los molinillos de plegarias y yacen inmóviles los rollos de thangka y alfombras tibetanas.

Cantos espirituales, esotéricos himnos tántricos y música nepalí, ya sea de un saringhi de cuatro cuerdas o las notas plañideras de una flauta, envuelven la atmósfera del país.

Los músicos del folclore tradicional pasan la tarde cantando y relacionándose, y las danzas clásicas y las danzas de máscaras avivan el Valle de Katmandú y las regiones de Bhaktapur.
La religión es la sangre que da la vida a los nepalíes. Oficialmente es un país hinduista, pero en la práctica, la religión resulta ser un sincretismo de las creencias hinduistas y budistas unidas en un panteón de deidades tántricas. El resto de la población, que no es hindú ni budista, está constituida por cristianos, musulmanes y chamanes.

Valle de Katmandú

En torno al valle de Katmandú, hay pueblos, templos y stupas fascinantes, como el Templo budista de Swayambhunath, probablemente el lugar más célebre de Nepal, y denominado coloquialmente «el templo del mono».

Nepal: senderos y mística infinita (Parte I)

Abajo, en las orillas del Río Bagmati, está Pashupatinath, uno de los más importantes templos hinduistas y de Shiva del subcontinente. Otro lugar sagrado es la stupa de Bodhnath, la más extensa del país, y una de las más extensas del mundo, junto a la cual se agrupan otros monasterios. Aquellos que tengan la intención de visitarlos, deberán ser respetuosos y discretos.

En el Terai dominan las planicies bajo un calor subtropical y allí se encuentra una de las atracciones más fascinantes de Nepal: el Real Parque Nacional Chitwan, donde se ofrecen safaris en jeep o en canoa, así como exploraciones por la jungla con un guía profesional.

Katmandú

El estrecho centro histórico de Katmandú, con sus plazas, sus stupas budistas y sus templos, sigue preservándose lejos de la moderna vida de agitadas calles y caros hoteles de su extrarradio. Un punto importante de Katmandú es la Plaza Durbar, con el Río Vishnumati al oeste y el Parque Ratna al este.

En realidad, Katmandú son dos ciudades: una capital de fábula, de peregrinos y templos rosáceos; y un cúmulo de contaminación de humo, suciedad, monos y mendigos. Los turistas suelen acomodarse cerca de Thamel, y los más nostálgicos, en Freak Street.
Kathmandú es apacible y sosegada como su Durbar Square. En esta plaza se alza en terracota y maderas labradas el antiguo Palacio Real entre estatuas y templos. La Hanuman Dhoka —la puerta del dios-mono, encarnación de Vishnu venerada por la monarquía nepalí— es su entrada. La que conduce al Kasthamandap —el edificio más antiguo de Kathmandú—así como a las diferentes chowk o intersecciones. Como la Nassal Chowk, lugar de coronaciones que todavía se emplea para funciones reales. O al profusamente decorado templo que alberga a la Kumari, la diosa-niña encarnación de la diosa Taleju, que una vez al año bendice al monarca.

Decenas de mandir (templos), dewal (plataformas escalonadas) y estatuas casi rozan el cielo, conformando un bello laberinto vertical de edificaciones por el que pasean sadhus revestidos en naranjas estridentes, mujeres de rasgos sherpa cargando enormes cestos a sus espaldas, niñas hilando minuciosamente cadenas de guirnaldas...
Un buen lugar para empezar a explorar es el Kasthamandap, el edificio más antiguo del valle. Cerca está el Maju Deval, un templo de Shiva con unas escalinatas ideales para sentarse a contemplar la ciudad. Otras visitas interesantes pueden ser Great Bell (la Gran Campana) que, cuando suena, se dice que ahuyenta a los malos espíritus; el Templo Jaganath (famoso por sus bajorrelieves eróticos); la imagen de piedra de Kala Bhairab; y el Templo Taleju, probablemente el más magnífico, pero no está abierto al público. El Hanuman Dhoka (Antiguo Palacio Real) es un monumento espectacular con majestuosas estatuas que reflejan la antigua gloria del país. En el centro, Makhan Tole es un buen sitio para comprar productos artesanales.

Patan

Nepal: senderos y mística infinita (Parte I)

Patan es la segunda ciudad más grande del valle. Crisol de espléndidos templos y bella artesanía, es una ciudad más tranquila para visitar. Es famosa su arquitectura Newari que incluye el Palacio Real y el Templo Jagannarayan. No muy lejos está el Templo Dorado, un monasterio budista protegido por tortugas sagradas, y el Kumbeshawar, el más antiguo de los templos en Patan. También en esta ciudad se encuentra el único parque zoológico del país. En Jawlakhel, al este de Patan, se pueden comprar preciosas alfombras tibetanas.

También llamada Latitpur, La Ciudad de la Belleza —apelativo que ciertamente hace justicia a esta ciudad del Valle de Kathmandú— fue fundada en el año 299 antes de Cristo por el rey Arideva. Su Durbar Square es, aunque resulte difícil, más fascinante (y más reducida) que la Kathmandú. Tanto, que los comerciantes tibetanos la llamaban Ye Rang, que significa eternidad. Ciudad en la que Buda realizó milagros en el siglo V antes de Cristo, como testimonio de la visita del rey Ashoka —el converso al budismo más famoso— en el siglo III, cuatro stupas se alzan en cada punto cardinal de la ciudad.

En su plaza encantada, donde el tiempo parece detenido, se ubica un baño sagrado de intrincados grabados, un patio de sacrificios, las estatuas de un monarca de la dinastía Malla que prometió volver, el templo pétreo del Dios del Amor, Krishna Mandir, en cuya fachada se ilustran leyendas épicas... y un fascinante museo.

Recorriendo esta ciudad armoniosa, levantada por artesanos, se descubre el opulento Hiranyavarna Mahavihara (en sánscrito, el Monasterio Dorado), al que comúnmente se refieren como el Templo de Oro, decorado con Budas y Taras. O el Kumbeshwar Mahadev, el templo de más antigüedad, imponente, una de las dos únicas pagodas de cinco gradas que conserva Nepal.

Bhaktapur

Bhaktapur es en cierto sentido la ciudad más medieval del valle de Katmandú. A pesar del reciente desarrollo, la ciudad conserva aún ese aspecto atemporal con una gloriosa arquitectura de siglos pasados. Es fácil recorrer Bhaktapur a pie; la referencia vuelve a ser la Plaza Durbar, infinitamente más grande que la de Katmandú, con numerosos templos, estatuas y columnas. La segunda plaza más importante es Taumadhi Tole, que acoge al Nyatapola, el templo más alto del valle, y el Til Mahadev Narayan, un importante centro de peregrinaje.

Pokhara

Pokhara es un lugar ideal para descansar, con su lago y sus montañas, y además cuenta con unos de los mejores restaurantes y hoteles del país. Se pueden visitar el monasterio y las cascadas Devi, o caminar hasta Sarangkot (1592 metros), ver las cuevas de Mahendra Gufa o los lagos Rupa y Begnas Tals. Existen vuelos diarios entre Pokhara y Katmandú; el viaje en autobús dura unas ocho horas.

Mustang

Nepal: senderos y mística infinita (Parte I)

Tras siglos encerrado en sí mismo, el pequeño y remoto reino de Mustang parece sentirse por fin seguro; su puerta se ha entreabierto para dejar pasar a poco más de un millar de turistas cada año. La amenaza de la destrucción de su cultura por el empuje de la China comunista parece haber pasado y, como dice la leyenda, las montañas gigantes de Annapurna (8.078 metros) y Nilgiri (7.061 metros), entre las que se cobija el último edén budista del Himalaya, han cumplido con su misión de guardaespaldas.

Situado al norte del Annapurna, Mustang es un pedazo del Tíbet en territorio nepalí. Los textos antiguos demuestran que Lo, como era conocido Mustang antiguamente, fue una parte del Imperio tibetano bajo el control del más famoso de sus reyes, Songtsengampo. Durante mucho tiempo se convirtió en paso obligado para las caravanas que viajaban desde el Tíbet a Nepal en lo que dio lugar a la llamada Ruta de la Sal. Aquel intenso comercio benefició a sus habitantes, que invirtieron parte de ese dinero en levantar los templos budistas que hoy aparecen en los lugares más inaccesibles.

Los primeros expedicionarios occidentales no llegaron hasta los años 50 y los turistas lo hicieron a partir de 1992, después de que el Tratado Chino-nepalí redefiniera las fronteras del norte de Nepal e incluyera Mustang en su territorio.
La mayoría de los viajeros eligen el destino atraídos por una de las rutas de trekking más espectaculares del mundo. Desde Jomsom el objetivo es llegar a la capital oficiosa de Mustang y lugar de residencia del actual rey, la bella ciudad amurallada de Lo Manthang, para ir más allá si se tienen las energías. El camino está lleno de acantilados, pasos imposibles, cañones y abismos, todos ellos aptos sólo para los fuertes de corazón. Los trayectos suelen ser de 14 días en la versión más suave y de hasta 24 jornadas en la versión más larga que sigue el curso del río Kali Gandaki y pasa por los poblados de Kagbeni, Chusang, Samochen y Charang, atraviesa la explanada de las aspiraciones y después continúa hacia las regiones más remotas, donde muchos lugareños no han visto jamás a un occidental.

El primer objetivo es llegar a Kagbeni, donde se debe lograr un permiso para llegar al alto Mustang, el área restringida donde se encuentra lo más auténtico del viaje. Una vez pasado el trámite se llega al valle de Kali Gandaki, desde donde se contemplan tres picos de más de 7.000 metros y empieza un duro trekking de subida siguiendo el curso del río, en ocasiones a alturas cercanas a los 5.000 metros. Las banderas de rezos, ondeando coloridas en medio de la meseta tibetana, son la primera señal de que se está en tierra de Buda.

En el camino surgen en los lugares menos esperados templos de piedra roja, muchos construidos en el siglo XVI, casi siempre bien conservados y entre cuyos tesoros se cuentan centenarias tankas, pinturas, gigantescas estatuas de budas erguidos y tumbados y deidades. Puede sorprender, pero en Mustang hay más templos que árboles: el reino de Lo no deja de ser un inmenso desierto junto al cielo.

Nepal: senderos y mística infinita (Parte I)

La mayor parte del territorio es árido, con rocas de colores anaranjados, rojizos o plateados que en ocasiones dan un aspecto lunar a sus paisajes. El microclima, casi siempre seco, permite a las agencias de viajes funcionar incluso cuando otras zonas de Nepal son inaccesibles por la lluvia. La forma de vida de los pueblos sigue siendo feudal, con los hombres dedicados al cuidado de los yaks y de sus pequeños campos de cereales y las mujeres atendiendo la casa. Así ha sido durante los siglos en los que los habitantes de Lo han parado el tiempo. Mientras el mundo cambiaba, Mustang seguía siendo el mismo lugar de siempre, vinculado a sus tradiciones y ajeno a lo que sucedía fuera de sus fronteras.

Lo Manthang

El primer premio tras cinco días de caminata es Lo Manthang, la ciudad amurallada que descansa en un valle lleno de caballos salvajes, yaks y terrazas de cultivos. Los reyes viven en un palacio de cuatro plantas dentro de la zona amurallada, pero se les puede ver entre sus súbditos durante el festival de Tiji, uno de los más coloridos del Himalaya y sin duda la gran festividad local. Gentes de los pueblos de la meseta tibetana viajan durante días para no perderse las carreras de caballos en las explanadas de los alrededores de la ciudad, los bailes de máscaras y la representación de los dioses, héroes y líderes religiosos.

Para los más aventureros el viaje a Mustang debe incluir la menos explorada zona del este. En dirección a Lo Gekhar se encuentra el templo que los locales aseguran que fue construido por Padmasambhavael, fundador del budismo tibetano, después de triunfar en la batalla contra «las fuerzas del mal que querían destruir el budismo».
Quienes se aventuren por las zonas más inaccesibles tendrán la oportunidad de encontrarse en el camino con especies animales únicas: el leopardo de nieve, las ovejas azules y, según cuentan los locales, incluso con el mismísimo Abominable Hombre de las Nieves, que a pesar de su timidez se ha presentado ante los pastores de la zona y cada cierto tiempo deja sus huellas en la nieve.

Es gracias a su privilegiada posición en el fin del mundo lo que ha ayudado al reino a llegar hasta aquí como el último lugar del Himalaya que ha logrado mantener su cultura intacta. Sin apenas comunicaciones con el exterior ni influencias extranjeras, la vida ha seguido su curso en Lo mientras otros reinos del Himalaya eran engullidos por India o China, o cedían a influencias externas como Bután, que empieza a descubrir las consecuencias de haber estrenado su primera televisión hace tres años.
«La autentica cultura tibetana sobrevive solo en el exilio y en lugares únicos como Mustang», suele decir el actual Dalai Lama, que ha visto cómo la masiva inmigración china está acabando con la cultura local en el Tíbet y estos días mira con sana envidia al vecino. La independencia del reino de Mustang del Tíbet tuvo que esperar a su fundación en 1380 por el héroe nacional Ame Pol, de quien desciende la actual familia real. A pesar de la emancipación, las gentes de Lo se han visto envueltas en guerras ajenas debido a su privilegiada posición geográfica. En los 60, la guerrilla tibetana que luchaba para expulsar al Ejército rojo chino de su tierra encontró refugio en Mustang y desde su territorio preparó numerosas acciones contras las tropas chinas con el apoyo de la CIA. ¿Qué mejor sitio para esconderse que el fin del mundo?

Nepal: senderos y mística infinita (Parte I)

Mustang no está hecha para los amantes de excursiones tranquilas. La dificultad del terreno hace que sea un trekking especialmente duro para el que hay que estar en buena forma e ir bien preparado. El mal de altura y el esfuerzo físico han obligado a muchos a dejar las vacaciones a medias. Es necesario ir bien equipado e incluir en la maleta una mascarilla contra el polvo. Los vientos, que en ocasiones son muy fuertes, hacen necesario seguir al detalle los consejos de los guías al cruzar cañones, acantilados y pasos. Los obstáculos, además de la protección de los gigantes Annapurna y Nilgiri, parecen por ahora garantizar que no habrá turismo masivo en el reino prohibido.

Mustang ha sido el último escondite del Himalaya en sumar su nombre a la ya larga lista de pueblos que creen que James Hilton se refería a su tierra cuando describió un paraíso llamado Shangri-la en su novela Horizontes Perdidos. El Gobierno de Nepal, castigado durante los últimos años por la violencia de la guerrilla maoísta y necesitado de turistas, está viéndose tentado a utilizar la ocasión para aumentar la cuota de visitantes con derecho a pasar por una puerta hasta ahora sólo entreabierta. El riesgo es que, si se perturba la cultura de este pueblo o se abusa de la generosidad de sus anfitriones, la puerta podría volver a cerrarse.

Pashupatinath

El lugar más sagrado de Nepal: un fascinante enclave de templos, de sadhus con el torso descubierto, de crematorios, ghats, a orillas del río Bagmati. En el que morir y ser incinerado implica liberarse del círculo de las reencarnaciones, en el que los hombres y mujeres desposados que se bañen juntos volverán a unirse en sus vidas venideras.

Éste es el lugar que escogió Shiva para huir de sus obligaciones divinas, del aburrimiento de su brillante palacio del Kailas, de sus legiones de espíritus, de su bella esposa Parbati. Adoptando una de sus formas más benévolas, la de Pashupati, el Señor de los Animales, un ciervo con un solo cuerno, llegó hasta allí. Pero otras deidades lo persiguieron y reduciéndolo rompieron su único cuerno, que se transformó en la poderosa Pashupati linga. La que posteriormente se perdería, para ser descubierta por una vaca que mágicamente comenzó a rociarla con su leche.

El Pashupati Mandir alberga la linga con sus cuatro rostros de Shiva grabados, además de un quinto imperceptible en la parte superior. Según la mitología hindú, el dios transformó su falo en un pilar de luz infinito y retó a Brahma y Vishnu a encontrar su extremo final. Así, Brahma ascendió hasta los cielos, mientras que Vishnu bajó hasta las profundidades de los infiernos. Ante su incapacidad, ambos se vieron obligados a desistir en su empresa. Pero Brahma, mintiendo, se jactó ante Shiva de haberlo conseguido, quien no tardó en descubrir su embuste. Por tal motivo, Brahma rara vez es venerado, Vishnu recibe adoración justa, mientras Shiva es alabado por encima de todas las cosas.

Nepal: senderos y mística infinita (Parte I)

A él se dedicaba un templo erigido en el año 879 antes de Cristo, dicen las leyendas. En cualquier caso, el rey Bhupatindra Malla ordenó levantar en 1697 el templo actual, el lugar más sagrado entre los sagrados, en el que sólo se permite la entrada de quienes profesan la fe de Shiva, con su techo de oro, sus paredes de plata, y las exquisitas maderas que decoran esta construcción con forma de pagoda. Se levanta junto al Ayra Ghat, lugar de cremación en la orilla del sagrado Bagmati reservado a las castas superiores.

Frente al ghat se suceden once shivalayas —cajas de piedra que albergan una linga—, erigidas en honor de las mujeres que cometieron sati en las piras de enfrente. Pues sati, la práctica tradicional hindú en la que las viudas se inmolan durante el funeral de su esposo, significa mujer virtuosa, y las que lo acometían iban directamente al cielo. Y a Satidevi —la primera esposa de Shiva, que se inmoló en la pira de su padre— se dedica el templo Guheswari, que representa la fuerza femenina. Y en honor de otra esposa de Shiva se edificó el templo Kirateswar. Hastiado una vez más, el dios había vuelto a escapar del Kailis, en esta ocasión regresó a Pashupatinath vestido de cazador. Parbati lo siguió disfrazada de bella cazadora. Cuando el dios trató de seducirla, descubrió su verdadera identidad, hecho que se conmemora en este templo. Por donde los monos campan tranquilos, encaramándose en los torreones, y con los que los niños se divierten, persiguiéndolos incansablemente por las orillas del sagrado Bagmati. El río en cuyo margen, durante el siglo IX, se levantó la ciudad de Kathmandú, en semblanza y homenaje a la espada de Manjushri.





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