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Revestido por las mayores alturas del Himalaya, el reino de
Nepal es una tierra de sublimes paisajes, sagrados templos, y
con uno de los mejores trechos para pasear. Es un país
pobre, pero rico en esplendorosos escenarios y tesoros culturales.
Nepal se asienta sobre los hombros del Himalaya meridional, lindando
con China por el norte y con India por el sur; tiene las montañas
más altas del mundo (superan los 8000 metros) abrazando
las nubes, incluyendo los majestuosos Everest (8848 metros) y
Annapurna. Además de sus cuatro cadenas montañosas
(Colinas Chure, Mahabharat, Himalaya y los Tibetanos Marginales),
Nepal también cuenta con vastas planicies al sur del país
(no más de 700 metros.); valles fértiles en el centro,
y desiertos de gran altitud en el norte.
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El densamente cultivado cinturón entre Mahabharat y el
Himalaya soporta casi todo el peso de la población del
país. Existen más de 6.500 especies de árboles,
arbustos y flores que florecen gloriosamente en marzo y abril,
cuando el rododendro, la flor nacional, estalla en color.
La fauna es no menos variada y exótica, con mamíferos
tales como el tigre real bengalí, el leopardo de nieve,
el rinoceronte, el oso, el ciervo, el mono y el chacal. Desgraciadamente,
debido a la degeneración progresiva del hábitat,
las oportunidades de ver esta naturaleza salvaje están
limitadas a los parques nacionales, a las reservas y al oeste
de Nepal, donde la población humana está más
esparcida.
No fue ni por azar, ni por capricho. Fue por una flor de loto
de proporciones perfectas. De esto hace ya mucho tiempo. Bajo
los mismos picos eternamente nevados que custodia aún hoy
Nepal se formó un lago. Sus aguas eran de color turquesa.
En su centro, incandescente, flotaba una flor de loto. Con vehemencia
acudían a alabarla todos los hombres sabios. Para poder
llegar hasta ella, Manjushri, el Santo de la Sabiduría,
cortó con su espada el lago y sus aguas se abrieron. Los
hombres que se asentaron en esas fértiles tierras las llamaron
Valle de Kathmandú. Desde entonces es un lugar sagrado.
Pasaron los años. Los viajeros que recorrían la
ruta Kathmandú-Tíbet sostenían que aquél
era un lugar siddhi (de poderes sobrenaturales), donde moraban
los dioses guardianes y los deseos dejaban de serlo para hacerse
realidad. Entonces, como todavía ahora, el lugar más
auspicioso era Boudanath. Donde, a escasos ocho kilómetros
de Kathmandú, se erige una gran stupa, el más importante
monumento budista del mundo, fuera del Tíbet.
Lentamente, ancianos tibetanos en pequeños grupos musitando
sus oraciones rodean la serena y majestuosa representación
de Buda bajo su eterna mirada. Los ojos azules de Buda están
pintados en las cuatro caras de esta estatua sagrada —erigida
por una hija de Indra que, castigada por robar flores del cielo,
fue enviada a la tierra a la familia de un pobre granjero—,
de la que surgen trece escalones de oro que conducen al nirvana.
Mientras, produciendo una extraña sensación de festividad,
los colores tibetanos ondean allí, lejos de casa, en la
tierra que los acogió tras la tragedia de su exilio.
Como viajando en el tiempo y sobre una alfombra mágica,
Nepal sumerge a los viajeros en el sueño pasado de una
ciudad de antiguas calles, flanqueadas por irregulares pagodas
de varios techos, esculturas pétreas y cámaras cercadas
por máscaras de temibles ojos, al tiempo que giran los
molinillos de plegarias y yacen inmóviles los rollos de
thangka y alfombras tibetanas.
Cantos espirituales, esotéricos himnos tántricos
y música nepalí, ya sea de un saringhi de cuatro
cuerdas o las notas plañideras de una flauta, envuelven
la atmósfera del país.
Los músicos del folclore tradicional pasan la tarde cantando
y relacionándose, y las danzas clásicas y las danzas
de máscaras avivan el Valle de Katmandú y las regiones
de Bhaktapur.
La religión es la sangre que da la vida a los nepalíes.
Oficialmente es un país hinduista, pero en la práctica,
la religión resulta ser un sincretismo de las creencias
hinduistas y budistas unidas en un panteón de deidades
tántricas. El resto de la población, que no es hindú
ni budista, está constituida por cristianos, musulmanes
y chamanes.
Valle de Katmandú
En torno al valle de Katmandú, hay pueblos, templos y
stupas fascinantes, como el Templo budista de Swayambhunath, probablemente
el lugar más célebre de Nepal, y denominado coloquialmente
«el templo del mono».
Abajo, en las orillas del Río Bagmati, está Pashupatinath,
uno de los más importantes templos hinduistas y de Shiva
del subcontinente. Otro lugar sagrado es la stupa de Bodhnath,
la más extensa del país, y una de las más
extensas del mundo, junto a la cual se agrupan otros monasterios.
Aquellos que tengan la intención de visitarlos, deberán
ser respetuosos y discretos.
En el Terai dominan las planicies bajo un calor subtropical y
allí se encuentra una de las atracciones más fascinantes
de Nepal: el Real Parque Nacional Chitwan, donde se ofrecen safaris
en jeep o en canoa, así como exploraciones por la jungla
con un guía profesional.
Katmandú
El estrecho centro histórico de Katmandú, con sus
plazas, sus stupas budistas y sus templos, sigue preservándose
lejos de la moderna vida de agitadas calles y caros hoteles de
su extrarradio. Un punto importante de Katmandú es la Plaza
Durbar, con el Río Vishnumati al oeste y el Parque Ratna
al este.
En realidad, Katmandú son dos ciudades: una capital de
fábula, de peregrinos y templos rosáceos; y un cúmulo
de contaminación de humo, suciedad, monos y mendigos. Los
turistas suelen acomodarse cerca de Thamel, y los más nostálgicos,
en Freak Street.
Kathmandú es apacible y sosegada como su Durbar Square.
En esta plaza se alza en terracota y maderas labradas el antiguo
Palacio Real entre estatuas y templos. La Hanuman Dhoka —la
puerta del dios-mono, encarnación de Vishnu venerada por
la monarquía nepalí— es su entrada. La que
conduce al Kasthamandap —el edificio más antiguo de
Kathmandú—así como a las diferentes chowk o
intersecciones. Como la Nassal Chowk, lugar de coronaciones que
todavía se emplea para funciones reales. O al profusamente
decorado templo que alberga a la Kumari, la diosa-niña
encarnación de la diosa Taleju, que una vez al año
bendice al monarca.
Decenas de mandir (templos), dewal (plataformas escalonadas) y
estatuas casi rozan el cielo, conformando un bello laberinto vertical
de edificaciones por el que pasean sadhus revestidos en naranjas
estridentes, mujeres de rasgos sherpa cargando enormes cestos
a sus espaldas, niñas hilando minuciosamente cadenas de
guirnaldas...
Un buen lugar para empezar a explorar es el Kasthamandap, el edificio
más antiguo del valle. Cerca está el Maju Deval,
un templo de Shiva con unas escalinatas ideales para sentarse
a contemplar la ciudad. Otras visitas interesantes pueden ser
Great Bell (la Gran Campana) que, cuando suena, se dice que ahuyenta
a los malos espíritus; el Templo Jaganath (famoso por sus
bajorrelieves eróticos); la imagen de piedra de Kala Bhairab;
y el Templo Taleju, probablemente el más magnífico,
pero no está abierto al público. El Hanuman Dhoka
(Antiguo Palacio Real) es un monumento espectacular con majestuosas
estatuas que reflejan la antigua gloria del país. En el
centro, Makhan Tole es un buen sitio para comprar productos artesanales.
Patan
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Patan es la segunda ciudad más grande del valle. Crisol
de espléndidos templos y bella artesanía, es una
ciudad más tranquila para visitar. Es famosa su arquitectura
Newari que incluye el Palacio Real y el Templo Jagannarayan. No
muy lejos está el Templo Dorado, un monasterio budista
protegido por tortugas sagradas, y el Kumbeshawar, el más
antiguo de los templos en Patan. También en esta ciudad
se encuentra el único parque zoológico del país.
En Jawlakhel, al este de Patan, se pueden comprar preciosas alfombras
tibetanas.
También llamada Latitpur, La Ciudad de la Belleza —apelativo
que ciertamente hace justicia a esta ciudad del Valle de Kathmandú—
fue fundada en el año 299 antes de Cristo por el rey Arideva.
Su Durbar Square es, aunque resulte difícil, más
fascinante (y más reducida) que la Kathmandú. Tanto,
que los comerciantes tibetanos la llamaban Ye Rang, que significa
eternidad. Ciudad en la que Buda realizó milagros en el
siglo V antes de Cristo, como testimonio de la visita del rey
Ashoka —el converso al budismo más famoso— en
el siglo III, cuatro stupas se alzan en cada punto cardinal de
la ciudad.
En su plaza encantada, donde el tiempo parece detenido, se ubica
un baño sagrado de intrincados grabados, un patio de sacrificios,
las estatuas de un monarca de la dinastía Malla que prometió
volver, el templo pétreo del Dios del Amor, Krishna Mandir,
en cuya fachada se ilustran leyendas épicas... y un fascinante
museo.
Recorriendo esta ciudad armoniosa, levantada por artesanos, se
descubre el opulento Hiranyavarna Mahavihara (en sánscrito,
el Monasterio Dorado), al que comúnmente se refieren como
el Templo de Oro, decorado con Budas y Taras. O el Kumbeshwar
Mahadev, el templo de más antigüedad, imponente, una
de las dos únicas pagodas de cinco gradas que conserva
Nepal.
Bhaktapur
Bhaktapur es en cierto sentido la ciudad más medieval
del valle de Katmandú. A pesar del reciente desarrollo,
la ciudad conserva aún ese aspecto atemporal con una gloriosa
arquitectura de siglos pasados. Es fácil recorrer Bhaktapur
a pie; la referencia vuelve a ser la Plaza Durbar, infinitamente
más grande que la de Katmandú, con numerosos templos,
estatuas y columnas. La segunda plaza más importante es
Taumadhi Tole, que acoge al Nyatapola, el templo más alto
del valle, y el Til Mahadev Narayan, un importante centro de peregrinaje.
Pokhara
Pokhara es un lugar ideal para descansar, con su lago y sus montañas,
y además cuenta con unos de los mejores restaurantes y
hoteles del país. Se pueden visitar el monasterio y las
cascadas Devi, o caminar hasta Sarangkot (1592 metros), ver las
cuevas de Mahendra Gufa o los lagos Rupa y Begnas Tals. Existen
vuelos diarios entre Pokhara y Katmandú; el viaje en autobús
dura unas ocho horas.
Mustang
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Tras siglos encerrado en sí mismo, el pequeño y
remoto reino de Mustang parece sentirse por fin seguro; su puerta
se ha entreabierto para dejar pasar a poco más de un millar
de turistas cada año. La amenaza de la destrucción
de su cultura por el empuje de la China comunista parece haber
pasado y, como dice la leyenda, las montañas gigantes de
Annapurna (8.078 metros) y Nilgiri (7.061 metros), entre las que
se cobija el último edén budista del Himalaya, han
cumplido con su misión de guardaespaldas.
Situado al norte del Annapurna, Mustang es un pedazo del Tíbet
en territorio nepalí. Los textos antiguos demuestran que
Lo, como era conocido Mustang antiguamente, fue una parte del
Imperio tibetano bajo el control del más famoso de sus
reyes, Songtsengampo. Durante mucho tiempo se convirtió
en paso obligado para las caravanas que viajaban desde el Tíbet
a Nepal en lo que dio lugar a la llamada Ruta de la Sal. Aquel
intenso comercio benefició a sus habitantes, que invirtieron
parte de ese dinero en levantar los templos budistas que hoy aparecen
en los lugares más inaccesibles.
Los primeros expedicionarios occidentales no llegaron hasta los
años 50 y los turistas lo hicieron a partir de 1992, después
de que el Tratado Chino-nepalí redefiniera las fronteras
del norte de Nepal e incluyera Mustang en su territorio.
La mayoría de los viajeros eligen el destino atraídos
por una de las rutas de trekking más espectaculares del
mundo. Desde Jomsom el objetivo es llegar a la capital oficiosa
de Mustang y lugar de residencia del actual rey, la bella ciudad
amurallada de Lo Manthang, para ir más allá si se
tienen las energías. El camino está lleno de acantilados,
pasos imposibles, cañones y abismos, todos ellos aptos
sólo para los fuertes de corazón. Los trayectos
suelen ser de 14 días en la versión más suave
y de hasta 24 jornadas en la versión más larga que
sigue el curso del río Kali Gandaki y pasa por los poblados
de Kagbeni, Chusang, Samochen y Charang, atraviesa la explanada
de las aspiraciones y después continúa hacia las
regiones más remotas, donde muchos lugareños no
han visto jamás a un occidental.
El primer objetivo es llegar a Kagbeni, donde se debe lograr un
permiso para llegar al alto Mustang, el área restringida
donde se encuentra lo más auténtico del viaje. Una
vez pasado el trámite se llega al valle de Kali Gandaki,
desde donde se contemplan tres picos de más de 7.000 metros
y empieza un duro trekking de subida siguiendo el curso del río,
en ocasiones a alturas cercanas a los 5.000 metros. Las banderas
de rezos, ondeando coloridas en medio de la meseta tibetana, son
la primera señal de que se está en tierra de Buda.
En el camino surgen en los lugares menos esperados templos de
piedra roja, muchos construidos en el siglo XVI, casi siempre
bien conservados y entre cuyos tesoros se cuentan centenarias
tankas, pinturas, gigantescas estatuas de budas erguidos y tumbados
y deidades. Puede sorprender, pero en Mustang hay más templos
que árboles: el reino de Lo no deja de ser un inmenso desierto
junto al cielo.
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La mayor parte del territorio es árido, con rocas de colores
anaranjados, rojizos o plateados que en ocasiones dan un aspecto
lunar a sus paisajes. El microclima, casi siempre seco, permite
a las agencias de viajes funcionar incluso cuando otras zonas
de Nepal son inaccesibles por la lluvia. La forma de vida de los
pueblos sigue siendo feudal, con los hombres dedicados al cuidado
de los yaks y de sus pequeños campos de cereales y las
mujeres atendiendo la casa. Así ha sido durante los siglos
en los que los habitantes de Lo han parado el tiempo. Mientras
el mundo cambiaba, Mustang seguía siendo el mismo lugar
de siempre, vinculado a sus tradiciones y ajeno a lo que sucedía
fuera de sus fronteras.
Lo Manthang
El primer premio tras cinco días de caminata es Lo Manthang,
la ciudad amurallada que descansa en un valle lleno de caballos
salvajes, yaks y terrazas de cultivos. Los reyes viven en un palacio
de cuatro plantas dentro de la zona amurallada, pero se les puede
ver entre sus súbditos durante el festival de Tiji, uno
de los más coloridos del Himalaya y sin duda la gran festividad
local. Gentes de los pueblos de la meseta tibetana viajan durante
días para no perderse las carreras de caballos en las explanadas
de los alrededores de la ciudad, los bailes de máscaras
y la representación de los dioses, héroes y líderes
religiosos.
Para los más aventureros el viaje a Mustang debe incluir
la menos explorada zona del este. En dirección a Lo Gekhar
se encuentra el templo que los locales aseguran que fue construido
por Padmasambhavael, fundador del budismo tibetano, después
de triunfar en la batalla contra «las fuerzas del mal que
querían destruir el budismo».
Quienes se aventuren por las zonas más inaccesibles tendrán
la oportunidad de encontrarse en el camino con especies animales
únicas: el leopardo de nieve, las ovejas azules y, según
cuentan los locales, incluso con el mismísimo Abominable
Hombre de las Nieves, que a pesar de su timidez se ha presentado
ante los pastores de la zona y cada cierto tiempo deja sus huellas
en la nieve.
Es gracias a su privilegiada posición en el fin del mundo
lo que ha ayudado al reino a llegar hasta aquí como el
último lugar del Himalaya que ha logrado mantener su cultura
intacta. Sin apenas comunicaciones con el exterior ni influencias
extranjeras, la vida ha seguido su curso en Lo mientras otros
reinos del Himalaya eran engullidos por India o China, o cedían
a influencias externas como Bután, que empieza a descubrir
las consecuencias de haber estrenado su primera televisión
hace tres años.
«La autentica cultura tibetana sobrevive solo en el exilio
y en lugares únicos como Mustang», suele decir el
actual Dalai Lama, que ha visto cómo la masiva inmigración
china está acabando con la cultura local en el Tíbet
y estos días mira con sana envidia al vecino. La independencia
del reino de Mustang del Tíbet tuvo que esperar a su fundación
en 1380 por el héroe nacional Ame Pol, de quien desciende
la actual familia real. A pesar de la emancipación, las
gentes de Lo se han visto envueltas en guerras ajenas debido a
su privilegiada posición geográfica. En los 60,
la guerrilla tibetana que luchaba para expulsar al Ejército
rojo chino de su tierra encontró refugio en Mustang y desde
su territorio preparó numerosas acciones contras las tropas
chinas con el apoyo de la CIA. ¿Qué mejor sitio
para esconderse que el fin del mundo?
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Mustang no está hecha para los amantes de excursiones
tranquilas. La dificultad del terreno hace que sea un trekking
especialmente duro para el que hay que estar en buena forma e
ir bien preparado. El mal de altura y el esfuerzo físico
han obligado a muchos a dejar las vacaciones a medias. Es necesario
ir bien equipado e incluir en la maleta una mascarilla contra
el polvo. Los vientos, que en ocasiones son muy fuertes, hacen
necesario seguir al detalle los consejos de los guías al
cruzar cañones, acantilados y pasos. Los obstáculos,
además de la protección de los gigantes Annapurna
y Nilgiri, parecen por ahora garantizar que no habrá turismo
masivo en el reino prohibido.
Mustang ha sido el último escondite del Himalaya en sumar
su nombre a la ya larga lista de pueblos que creen que James Hilton
se refería a su tierra cuando describió un paraíso
llamado Shangri-la en su novela Horizontes Perdidos. El Gobierno
de Nepal, castigado durante los últimos años por
la violencia de la guerrilla maoísta y necesitado de turistas,
está viéndose tentado a utilizar la ocasión
para aumentar la cuota de visitantes con derecho a pasar por una
puerta hasta ahora sólo entreabierta. El riesgo es que,
si se perturba la cultura de este pueblo o se abusa de la generosidad
de sus anfitriones, la puerta podría volver a cerrarse.
Pashupatinath
El lugar más sagrado de Nepal: un fascinante enclave de
templos, de sadhus con el torso descubierto, de crematorios, ghats,
a orillas del río Bagmati. En el que morir y ser incinerado
implica liberarse del círculo de las reencarnaciones, en
el que los hombres y mujeres desposados que se bañen juntos
volverán a unirse en sus vidas venideras.
Éste es el lugar que escogió Shiva para huir de
sus obligaciones divinas, del aburrimiento de su brillante palacio
del Kailas, de sus legiones de espíritus, de su bella esposa
Parbati. Adoptando una de sus formas más benévolas,
la de Pashupati, el Señor de los Animales, un ciervo con
un solo cuerno, llegó hasta allí. Pero otras deidades
lo persiguieron y reduciéndolo rompieron su único
cuerno, que se transformó en la poderosa Pashupati linga.
La que posteriormente se perdería, para ser descubierta
por una vaca que mágicamente comenzó a rociarla
con su leche.
El Pashupati Mandir alberga la linga con sus cuatro rostros de
Shiva grabados, además de un quinto imperceptible en la
parte superior. Según la mitología hindú,
el dios transformó su falo en un pilar de luz infinito
y retó a Brahma y Vishnu a encontrar su extremo final.
Así, Brahma ascendió hasta los cielos, mientras
que Vishnu bajó hasta las profundidades de los infiernos.
Ante su incapacidad, ambos se vieron obligados a desistir en su
empresa. Pero Brahma, mintiendo, se jactó ante Shiva de
haberlo conseguido, quien no tardó en descubrir su embuste.
Por tal motivo, Brahma rara vez es venerado, Vishnu recibe adoración
justa, mientras Shiva es alabado por encima de todas las cosas.
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A él se dedicaba un templo erigido en el año 879
antes de Cristo, dicen las leyendas. En cualquier caso, el rey
Bhupatindra Malla ordenó levantar en 1697 el templo actual,
el lugar más sagrado entre los sagrados, en el que sólo
se permite la entrada de quienes profesan la fe de Shiva, con
su techo de oro, sus paredes de plata, y las exquisitas maderas
que decoran esta construcción con forma de pagoda. Se levanta
junto al Ayra Ghat, lugar de cremación en la orilla del
sagrado Bagmati reservado a las castas superiores.
Frente al ghat se suceden once shivalayas —cajas de piedra
que albergan una linga—, erigidas en honor de las mujeres
que cometieron sati en las piras de enfrente. Pues sati, la práctica
tradicional hindú en la que las viudas se inmolan durante
el funeral de su esposo, significa mujer virtuosa, y las que lo
acometían iban directamente al cielo. Y a Satidevi —la
primera esposa de Shiva, que se inmoló en la pira de su
padre— se dedica el templo Guheswari, que representa la fuerza
femenina. Y en honor de otra esposa de Shiva se edificó
el templo Kirateswar. Hastiado una vez más, el dios había
vuelto a escapar del Kailis, en esta ocasión regresó
a Pashupatinath vestido de cazador. Parbati lo siguió disfrazada
de bella cazadora. Cuando el dios trató de seducirla, descubrió
su verdadera identidad, hecho que se conmemora en este templo.
Por donde los monos campan tranquilos, encaramándose en
los torreones, y con los que los niños se divierten, persiguiéndolos
incansablemente por las orillas del sagrado Bagmati. El río
en cuyo margen, durante el siglo IX, se levantó la ciudad
de Kathmandú, en semblanza y homenaje a la espada de Manjushri.
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